Santos Torroella

Pocas veces ha habido ocasión de ver cosas de Josep María Rovira Brull; no es, sin embargo, un desconocido, y quienes pudimos conocer esporádicas obras suyas en los años cincuenta, muchas veces lo hemos hechado en falta en el panorama pictórico barcelonés de los últimos lustros. Participante, ya en 1948, en una colectiva de “Artistas Gracienses”, figuraría con obras importantes en los últimos Salones de Octubre (1954-1956), iniciando tales envíos con dos cuadros (“Salamanca” y “Salta”) cuyos temas reaparecen en la mayor parte de las obras que presenta actualmente. Fue por aquellos años, concretamente en 1955, cuando fundó con Alcoy, Hernández Pijuán, Planell y Terri, el “Grupo Silex”, que se dio a conocer en cuatro exposiciones: tres en 1956, celebradas respectivamente en Alicante, Cartagena y Corbera de Llobregat, y otra, que sería la última, de 1957, en las Galerías Syra de Barcelona. Después sólo vagas noticias sueltas tuvimos de Rovira Brull, quien se había encauzado, como otros de sus compañeros de aquel grupo, por los senderos, no siempre artísticamente propicios, del diseño publicitario.

Su reaparición ahora ha dado oportunidad a que buenos amigos y admiradores suyos nos hablen de él, de su personalidad y su obra en el transcurso de los muchos en que quedó marginado del más activo acontecer artísticamente ciudadano. Pere Calders, Ricard Salvat, Francesc Rodon, Félix Grande y Joaquim Horta, que son los mencionados amigos, firman los textos, todos ellos excelentes, que figuran en el catálogo de la exposición de Sala Gaudí y que, ciertamente, la avalan con sus cálidas y elogiosas frases. Poco es lo que, por nuestra cuenta, podemos añadir a ellas. Rovira Brull exhibe un importante conjunto de obras, que incluye una veintena de pinturas, varios dibujos, una carpeta de serigrafías (“El batalló perdut”, con texto de Pere Calders), siete de las que él denomina “anilinas”, tres joyas en piezas únicas y un par de litos. En dicho conjunto hay una marcada unidad de intención y ejecución, coherente como en todo él se muestra el artista en lo satírico y descarnadamente mordaz de sus fantasías, siempre espoleadas por el repudio de las falacias, desmanes y crueldades de la faz más negativa del mundo en que vivimos. Alguna de estas obras, como el encadenado políptico de “El tren”, es, en este sentido, verdaderamente impresionante. Rovira Brull está en la linea, como oportunamente se recuerda en algunos de los textos citados, de El Bosco y de Grosz, del Goya de las pinturas negras y del gran grabador y litógrafo mejicano José Guadalupe Posada (1852-1925), el de las famosas “calaveras”… Aún podrían añadirse otros nombres, literarios incluso, desde el Quevedo de los “Sueños” hasta el Pere Quart de las “decapitaciones” y el “bestiario”. A mí por otra parte, me hace recordar lo que de esa corriente desvelada y conminatoria alcanzó vigorosos acentos expresivos en Barcelona, Madrid y Valencia durante nuestra guerra civil (pienso en un Rodríguez de Luna, por ejemplo, después perdido artisticamente, como muchos otros, en el exilio), que él apenas pudo conocer, pero sí, niño aún, sentir espantosa y angustiosamente.

Quizá por ello, por la angustia que hay en el trasfondo del descarnado humorismo de estas obras de Rovira Brull, me parece fuera de lugar enjuiciarlas en sus meros aspectos formales o, a propósito de ellas, hablar de las tendencias contemporáneas a que, en tal aspecto, más se aproxima. De tremenda pucritud de dicción, acerado y tajante tanto en ella como en sus elementos expresivos, estos abarrocados y hasta ferozmente conceptistas -como, literalmente, en Quevedo-, es ese trasfondo el que sobre todo importa y el que, en las pinturas y dibujos de Rovira Brull, nos sacude tremenda, imperiosamente. Como un mal sueño que aún al despertar -si es que estamos despiertos- nos persigue y acosa despiadado.

 

Santos Torroella

El Noticiero Universal, 23 de desembre de 1975