Vázquez – Montalbán

Apunte aconsejado al director escenico de las obras de Rovira Brull

Alguien pidió decorados con o sin arrugas para los fondos implacables de estas idas y venidas de personajes de perfil. De pronto se descubre que no vienen de parte alguna ni a parte alguna van. Son paralizados fugitivos siempre sorprendidos en la raya de la frontera que separa la nada del nadie. Muertos de miedo y odio, temen la explotación del hombre por el hombre, de la mujer por la mujer, del pez por el pez, de las calaveras por las calaveras; de los espíritus por los espíritus.

En el momento de levantarse el telón se oye un ruido como de lata de sardinas oxidada abierta por una llave muerta de herrumbre. Seres y cosas en aceite pesado de máquina de huir, nunca de llegar, pero de un huir imposible porque el cuadro termina en cuatro barrotes, en cuatro puntos cardinales clausurados. De este cuadro, de esta escena no se huye. Ni por arriba ni por abajo, ni hay este, ni oeste. Y es que sutiles alfileres han clavado a sus habitantes, dejándoles para siempre expuestos al reojo de animales coleccionados en jaulas más grandes. No hay música. Y es lástima. Porque todo invita a la presencia de una orquesta que dé la entrada a un bajo cavernario que nos cuente el final de la aventura. El público no debe asustarse si entre los pobladores del escenario advierte la tentación de abandonarlo y ocupar la platea. Jamás ha ocurrido y los expertos lo atribuyen al pánico que los seres y las cosas simbólicos, sienten hacia los seres y las cosas reales. Pero tampoco hay que descuidarse. El espectador debe tener a mano la partida de nacimiento el extintor de incendios y la pistola.

Aun no llegó la hora del desarme. Pero silencio. La representación va a empezar y el crujir de las bolsas de celofán puede provocar ataques de locura en la dama joven y rubia. Es la única que suele mirar de frente hacia el más allá de la sala. En su juvenil insensatez, jamás pidió perdón por haber nacido. Le aconsejo que en la imposibilidad de contar con la orquesta recurra a ruidos convencionales para subrayar la parálisis de los paisajes y los gestos. Por ejemplo, el ruido de un clavo picado contra el océano para clavar la estela de la nave de los locos.

 

  1. Vázquez Montalbán

Rovira-Brull. Catàleg d’exposició. Lucas Galería de Arte. Gandia, 1976